El duelo, el apego y la libertad de aprender a soltar
Esta semana la vida me hizo una de esas preguntas para las que nadie está preparado:
¿Cuál es entonces el punto de amar si algún día lo vamos a perder?
Un mes fuerte, donde recibí la noticia del fallecimiento de la hija de una gran amiga del colegio, Milena Sofía; una bebé guerrera, valiente y eterna luchadora hasta el último segundo, durante sus tres meses de vida en este mundo.
También despedimos a una amiga que conocí hace ya unos 4 años entrenándonos en liderazgo y potencial humano.
Una mujer amorosa, extrovertida, servicial y comprometida con los suyos y su trabajo; su vida en este plano terrenal terminó de una forma profundamente violenta e injusta.
¡Por siempre en nuestros corazones Mile y Sandra!

Y precisamente en este mes comencé a preparar mi mudanza, empecé a abrir cajones, sacar ropa vieja, soltar objetos que llevaban años conmigo, vender cosas en buen estado y entendí que incluso las cosas más simples también tienen despedidas.
Al principio creía que eran historias distintas, pero hoy confirmo que todas hablaban de lo mismo.
¡Del amor y del apego!
Esta semana leía una conversación que no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza, donde una niña le preguntaba a un hombre muy sabio:

Si todo lo que amamos algún día lo vamos a perder... ¿cuál es entonces el punto de amar?
Él respondiía algo que me atravesó:
El apego es diferente al amor porque el amor libera, mientras que el apego intenta retener.
Muchas veces creemos que sufrimos porque alguien se fue, pero quizá también sufrimos porque esa persona nos hacía sentir seguros y tal vez representaba una gran parte de nuestra identidad.
Nos daba estabilidad y nos apoyaba a imaginar el futuro y entonces cuando esa forma desaparece, sentimos que algo dentro de nosotros también desaparece.
Es decir muchas veces no lloramos solo por quien se fue, sino que lloramos por la historia que ya no podremos vivir con esa persona.

La cosa es que la vida cambia todo el tiempo y quizá el dolor aparece cuando le exigimos permanencia a algo que, por naturaleza, siempre estuvo llamado a transformarse.
No es fácil aceptarlo, muchas veces me cuesta tambien a mi, pero con cada experiencia empiezo a comprender que amar no consiste en poseer.
Consiste en agradecer, en acompañar, en estar presentes mientras la vida nos permite compartir el camino con la persona, con algo o con la experiencia en sí.

La metáfora que más me conmovió fue esta.
El amor es como el fuego, mientras que el apego es el humo.
El fuego da calor.
Ilumina.
Transforma.
El humo, en cambio, confunde.
Nos hace creer que el problema es el fuego.
Pero no, el problema aparece cuando intentamos atrapar lo que, por naturaleza, está vivo y en movimiento.

Preparando mi mudanza me descubrí agradeciendo más que acumulando, cada objeto que regalaba me recordaba una etapa, cada caja cerrada era una versión de mí que ya había cumplido su propósito.
Y pensé que quizá vivir también consiste en eso, en aprender a despedirse sin dejar de amar, recordando lo bonito para siempre.
La pérdida tiene una forma muy extraña de enseñarnos, nos muestra dónde estaban nuestros apegos, dónde estaban nuestros miedos.
Dónde todavía confundíamos amor con control y aunque duele, también abre una posibilidad inmensa, la de volver al presente.
Porque el amor solo puede vivirse aquí, no en lo que fue, no en lo que podría haber sido.
¡Aquí y ahora!

Hoy no tengo respuestas para el dolor, pero sí me llevo una convicción.
Las personas que amamos cambian nuestra vida incluso cuando ya no están.
Los lugares cambian, las casas cambian, los cuerpos cambian y nosotros cambiamos.
¡Todo es un flujo constante!
Y quizá la madurez no consista en evitar esas transformaciones, sino en atravesarlas sin dejar que nos roben la capacidad de amar una y otra vez.

Hay una frase que hoy quiero regalarte y regalarme:
No todo lo que termina se pierde, hay cosas que cambian de forma para quedarse de otra manera en nosotros.
Y, si después de leer esto pudiera hacerte una sola pregunta, sería esta:
¿Qué pasaría si dejaras de aferrarte a lo que cambia y empezaras a agradecer que alguna vez ocurrió?
Porque quizá ese sea el acto de amor más profundo, entender que la vida nunca nos prometió permanencia, nos prometió presencia.
Y mientras estemos aquí, todavía podemos elegir amar.

"Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba ser: eterno, no por su duración, sino por la huella que dejó en mi corazón."
Gracias RQ, te mando un abrazo.
