La vida empieza con un ¿por qué?

La pregunta que los adultos dejamos de hacer demasiado pronto.
Quizás crecer no debería significar dejar de preguntar, quizás debería significar aprender a hacer mejores preguntas.
Pues cuando dejamos de asumir que sabemos cómo debe ser la vida, aparecen posibilidades que antes ni siquiera estábamos mirando.
Mi sobrina, con tres años, pregunta para descubrir.
¿Y por que..?

¿Y por qué esto? ¿Y por qué aquello? ¿Y por qué? ...
Al principio, debo confesarlo, me parecía un poco repetitivo y desgastante explicar.
Hasta que algo cambió.
Me di cuenta de que detrás de cada pregunta había una posibilidad.
Porque cuando preguntamos por qué, dejamos de aceptar las cosas simplemente porque siempre han sido así.
Y entonces aparecen otros caminos, otras ideas y otras formas de mirar.

Los adultos muchas veces dejamos de preguntar porque creemos que ya deberíamos saber.
Por eso es vital volver a esos lugares para conectar con tu niño, gracias a los animales, los árboles, el movimiento, los sonidos y los mismos niños, que nos llevan al cuerpo y al presente.
Preguntar por qué y para qué.
Preguntarme qué elijo.
Preguntarme qué otras vidas son posibles para mí.

¿Estoy comprometida con ser mamá?
¿Cómo me gustaría construir una familia?
¿Qué tipo de vida estoy construyendo?
¿Qué estoy construyendo profesionalmente?
¿Dónde me gustaría vivir?
¿Qué me gustaría aprender?
¿Qué posibilidades todavía no estoy considerando?
Y mientras encuentro algunas respuestas, no olvidarme de algo que mi sobrina parece tener bastante claro:
Hay mucho por descubrir cuando dejamos de asumir que ya sabemos.
Y entendí que los niños tienen un secreto que los adultos olvidamos con demasiada facilidad:
No necesitan entenderlo todo para disfrutarlo.

Preguntan.
Observan.
Se sorprenden.
Y vuelven a preguntar.
Nosotros, en cambio, muchas veces dejamos de hacerlo.
Creemos que ya sabemos, que ya conocemos, que ya tenemos las respuestas.
Y quizás ahí comienza una parte de nuestra desconexión.

¿Cuándo dejaste de sorprenderte con las cosas pequeñas?
¿Cuánto tiempo pasas pensando en lo que sigue, en lugar de estar donde estás?
¿Qué podrías volver a mirar si por un momento dejaras de creer que ya lo conoces?
Quizás crecer no debería significar dejar de preguntar.
Quizás debería significar aprender a hacer mejores preguntas.
Preguntar qué elijo y para qué.
Qué necesito.
Qué estoy evitando.
Qué puedo cambiar.
Qué otra vida podría construir.
Y, algunas veces, simplemente preguntar:

¿Y por qué no?
Ese día fui al zoológico a ver animales, pero terminé llevándome otra cosa:
El recordatorio de que todavía hay mucho por descubrir cuando dejamos de asumir que ya sabemos.
Ver a mi hermano con sus hijos también me permitió mirar una versión de vida que no conozco.
Una vida con equipo, con ruido, con preguntas constantes, con cansancio, con ternura y con una forma de amor que todavía estoy descubriendo.
Ese día entendí que quizá no necesito tener todas las respuestas, quizás necesito conservar la capacidad de preguntar.

