Durante mucho tiempo pensé que las cosas llegaban cuando uno estaba listo.
Hoy sé que no, pues llegan cuando decido.
Por eso hoy tengo claro algo; el 2026 no es una promesa bonita que le dejo al universo, sino que es una conversación honesta que estoy teniendo conmigo misma; una decisión sostenida, un diseño consciente.
Ya no elijo entrar a los años nuevos con listas infinitas, motivación prestada o metas que se desinflan en febrero.
Elijo entrar con dirección, con cuerpo presente y con una convicción que no dependa del ánimo del día.
Por eso, este 2026 no lo estoy esperando, sino que lo estoy diseñando.

Lo diseño cada vez que elijo mover mi cuerpo con respeto y no con castigo, cada vez que corro sin compararme, sin perseguir números ajenos, sin usar el cansancio como prueba de valor.
Corro para escucharme, para ordenar ideas y para recordarme quién soy cuando nadie me mira.
Lo diseño cuando dejo de correr por escapar y empiezo a correr para estar presente, conectada y en respiración consciente.
Este año no quiero más velocidad sin dirección, sino ritmo propio, procesos que se sostengan y proyectos que nazcan desde el cuerpo y no desde la presión.
Diseñar mi 2026 también implica dejar cosas atrás, poder soltar la obsesión por resultados inmediatos, soltar la necesidad de validación externa y también soltar la idea de que siempre tengo que estar demostrando algo.

¡Gracias 2025!
Este año también entendí algo que antes solo repetía de memoria; la vida no se ordena cuando todo está bajo control, sino cuando aprendes a moverte dentro del caos.
Barcelona me lo enseñó sin pedir permiso, pues aquí todo va mucho más rápido.
La gente camina con prisa, los días se llenan de compromisos, el tiempo parece no alcanzar nunca y en medio de ese ritmo acelerado, tuve que revisar cómo gestiono yo el mío.
Es decir cuánto corro sin necesidad, cuántas veces confundo movimiento con avance.

Ser tía este tiempo me sacó del centro y eso, aunque incómodo, fue profundamente revelador.
Acompañar la crianza, respetar horarios que no son míos, poner energía donde no hay reconocimiento inmediato… me bajó del ego y me devolvió a lo esencial.
Entendí que no todo gira alrededor de mí y que servir también es una forma de crecer.
Vivir con más personas me recordó algo que había olvidado: no vinimos a hacerlo todo solos. sino en equipo y en comunidad.
Que crear tribu no es coincidencia, es elección y que convivir implica ceder, comunicar mejor, ser menos escrupulosa, soltar la rigidez y confiar.
Confiar en las personas, inevitablemente, me llevó a confiar más en la vida y nada de eso fue cómodo, pero fue honesto.
Aprendí a recibir indicaciones sin sentir que pierdo poder, a no tomarme todo personal, a observar mis reacciones y trabajar en ellas, en lugar de justificarlas y a abrazar lo que me incomoda sin huir.

Caminar se volvió un ritual sagrado, pues usualmente corria todo el tiempo hacia lo siguiente.
Caminar sin prisa, observar la ciudad, agradecer el techo, la comida, la salud, la familia y estar presente.
Compartí tiempo de calidad con mi hermano, conversaciones reales, silencios necesarios y también compartí con desconocidos, sin expectativas, solo desde la curiosidad y la apertura.
Y confirmé algo importante: muchas oportunidades no llegan planificadas, llegan humanas.
Viajé con menos, usé lo necesario para darme cuenta de cuánta carga innecesaria arrastro, no solo en la maleta, sino en la vida.
Minimalismo no como estética, sino como decisión interna.
Todo eso también es diseño, aunque no siempre lo parezca.

Por eso, cuando hablo del 2026, no hablo de deseos abstractos, sino que hablo de decisiones que ya empecé a tomar.
No deseo más velocidad sin dirección, sino ritmo propio, por ejemplo procesos que se sostenga y proyectos con sentido.
Elijo una carrera de running y de vida que no me fracture por dentro, donde pueda moverme desde la presencia, no desde la presión.
También elijo entrenar mi cuerpo, mejorar mi diálogo interno, la paciencia y la confianza.

Así que el 2026 no se manifiesta, se diseña; se diseña con lo que aprendiste en el 2025, con lo que dolió, con lo que soltaste, con lo que ya no quieres repetir.
Este manifiesto no es una meta, es una invitación; a mirar tu último año sin juicio y con honestidad, a rescatar lo que sí te sirvió, a soltar lo que te agotó, a diseñar un 2026 más liviano, más consciente, más tuyo.
No para correr más rápido, si no para correr mejor sin sentir culpa.
Recuerda que diseñar un año no empieza en enero, empieza cuando te atreves a mirar con honestidad lo que ya viviste.

Yo ya empecé a diseñarlo y quizá tú también estás listo para hacerlo...
Te comparto esta pregunta, sin prisa, sin ruido:
Si el 2025 fue tu maestro…
¿Qué estás dispuesto a cambiar, sostener y diseñar conscientemente para que tu 2026 te expanda?
Respóndela con el cuerpo, no solo con la cabeza porque ahí empieza todo.
¡Por un 2026 próspero y bendecido tal cuál lo creas y diseñes!

