Nunca había estado tan interesada en la politica de mi país, como ahora.

Es inevitable no involucrarte en algo que, aunque no nos guste a muchos, en mi caso porque en ningún otro sector he visto tanta corrupción.

Pero que al final hay que estar ahí, pues sus consecuencias nos involucran a todos.

Recuerdo que desde el colegio me empecé a involucrar en el servicio por la humanidad.

Me inscribí en Guias Scouts y desde ahí empecé a ver la vida diferente, a entender que estaba aquí con un propósito mayor, que no solo me incluía a mí.

Después llegó "Un Techo para mi País", Terrón Coloreado, apoyo en fundaciones de niños y abuelos en el entrenamiento de liderazgo, entre otrasactividades.

¡Y gracias a Dios porque tuve ese privilegio de ver y sentir nuevos contextos y nuevas realidades!

Así que interiorizando un poco más en la raiz de todo, creo que Colombia no está dividida por la izquierda o la derecha.

Está dividida por algo mucho más profundo, por nuestra incapacidad de escuchar, por nuestra necesidad obsesiva de tener la razón, por nuestra posición cómoda y por la facilidad con la que convertimos a quien piensa diferente en un enemigo.

¡Nos encanta señalar culpables!

El problema es Petro.
El problema es Uribe.
El problema es la derecha.
El problema es la izquierda.
El problema son los ricos.
El problema son los pobres.

Y así no la pasamos, mirando afuera sin confrontarnos a nosotros mismos para ver ¿Qué cambio podemos ser?

Siempre hay un culpable conveniente, pero pocas veces nos preguntamos cuál es nuestra responsabilidad en el país que estamos construyendo.

La realidad es incómoda; no tenemos una consciencia colectiva sólida.

Seguimos atrapados en una lógica individualista donde lo importante es salvarnos nosotros, proteger nuestro grupo y defender nuestras ideas, mientras que el tejido social se sigue rompiendo.

La verdadera libertad no consiste en tener la razón, consiste en tener la capacidad de cuestionar incluso aquello que creemos que es una verdad absoluta.

  • Cuestionar nuestras creencias
  • Cuestionar nuestros sesgos
  • Cuestionar nuestras fuentes de información
  • Cuestionar los discursos que consumimos todos los días

Porque al final todos creamos sociedad, todos permitimos que todo circule en beneficio de todos.

Cuando dejamos de cuestionar, dejamos de pensar y cuando dejamos de pensar, alguien más piensa por nosotros.

Lo más triste es que hemos caído en una trampa; la trampa de los extremos, la trampa de los discursos simplistas para problemas complejos.

La trampa del populismo que promete soluciones mágicas, la trampa del odio que convierte ciudadanos en enemigos y lo más peligroso es que ya no se busca comprender, solo se busca el tener y confirmar la razón.

Pero una democracia no se fortalece cuando todos piensan igual, se fortalece cuando somos capaces de convivir con el desacuerdo.

Las conversaciones difíciles son necesarias, las opiniones opuestas son necesarias, la crítica es necesaria.

Lo que no es necesario es la descalificación permanente, el fanatismo y la incapacidad de escuchar porque ahí es donde realmente perdemos como sociedad.

No cuando gana un candidato, sino cuando dejamos de ver humanidad en quien está al otro lado.

También es importante hablar del privilegio, no para generar culpa, sino para generar consciencia.

Quien siempre ha vivido con oportunidades puede creer sinceramente que todos tienen las mismas posibilidades, no porque sea mala persona, sino porque nunca ha tenido que mirar hacia abajo para sobrevivir.

¡Esa es la inocencia del privilegio!

Por eso la empatía exige salir de nuestra experiencia personal; escuchar historias distintas, conocer realidades distintas, aceptar que nuestro mundo no representa el mundo de todos.

Vale la pena hacernos pregúntas diferentes, como:

¿Desde dónde estoy eligiendo?

¿Desde el miedo?

¿Desde la rabia?

¿Desde el resentimiento?

¿Desde el fanatismo?

¿Desde mis valores?

¿Desde lo que más te conviene o desde lo que más nos conviene a todos?

La política importa porque sus consecuencias nos afectan a todos, nos guste o no, participemos o no, creamos en ella o no.

Por eso votar merece algo más que una reacción emocional; merece reflexión, merece silencio, merece consciencia.

Apaga el ruido por un momento, aléjate de las redes, ve a caminar, siéntate junto a un árbol, junto a una montaña, junto a un río.

Respira.

Observa.

Escúchate.

Y luego decide.

No para defender una ideología, no para ganar una discusión, no para derrotar al otro.

Decide desde la coherencia con los valores que quieres ver reflejados en el país que compartimos porque al final hay una verdad que ningún partido político puede cambiar:

Todos estamos en el mismo barco y si seguimos tratando al otro como enemigo, todos vamos a perder.

¿Cuándo ha sido un éxito la guerra, los discursos de odio, el autoritarismo y el uso inescrupuloso del poder?

¿Qué eliges? ¿El amor o la razón?

Yo me quedo con el amor, la amabilidad, la empatía y la dignidad humana.

‍¡Te amo RQ!