La incomodidad es la nueva forma de crecimiento

Volver a Barcelona después de casi dos años no solo ha sido un retorno geográfico, sino un ejercicio de examinar-me.

No voy a romantizarlo: este viaje ha sido retador, comenzando por mi equipaje de 10 kilos.

Ha retado mi ego, mis hábitos y mis certezas más básicas y eso, precisamente, es lo que lo ha hecho valioso.

Vivimos en una cultura donde la comodidad se vende como sinónimo de bienestar.

Las rutinas “perfectas”, los rituales personales, la planificación obsesiva del día a día se han convertido en marcas de estilo de vida, pero lo cierto es que la comodidad sostenida suele convertirse en una cárcel silenciosa: agradable, sí, pero incapaz de transformarnos.

Llegar y sumergirme en una dinámica familiar; niños pequeños, horarios establecidos, rutinas definidas resultó ser una de las experiencias más reveladoras, no porque sea difícil, sino porque evidencia lo mucho que había organizado mi vida para evitar ciertos desafíos: la falta de control, la imprevisibilidad, la necesidad de adaptarme.

En la teoría, todos decimos saber fluir, pero en la práctica, muy pocos lo hacemos.

Apoyar con las tareas diarias; baños, comidas, jardín, siestas, paseos, logística, me comprometió a ajustar mi ritmo al de otros y sobre todo a entender que nos necesitamos unos a otros.

Hacerme cargo de las dinámicas, algo a lo que venía y que debería ser simple, se convirtió en un espejo directo a mis resistencias internas.

No es fácil reconocerlo, pero es necesario: crecer implica admitir dónde aún reacciona mi ego.

Viajar con 10 kilos ha sido la metáfora más honesta del viaje, esta vez viajé con lo mínimo; una maleta de 10 kilos que, sin querer, terminó convirtiéndose en una declaración de intenciones.

Reducir lo material expone lo emocional: ya no tenía mis objetos, mis opciones infinitas ni mis “por si acaso” para sostenerme.

Viajar ligero es incómodo, pero también es una prueba de realidad: pues la mayoría de las cosas que creemos necesitar son una ficción de seguridad, entonces descubrí que no necesito tanto.

Ni ropa.

Ni planes.

Ni control.

El movimiento como herramienta para meditar, en medio de las dinámicas, caminar y correr se convirtieron en mi refugio y en mi claridad mental.

Caminar y correr sin distracciones, me permitió ver mis propias narrativas de forma más cruda.

Es sorprendente cuánto ruido interior se elimina simplemente poniendo un pie delante del otro, por lo tanto moverse siempre desnuda verdades, en cambio quedarse quieto suele alimentarlas.

El valor de incomodar nuestro propio sistema, en un mundo donde todo se optimiza para evitar la incomodidad; desde apps hasta discursos motivacionales, defender la incomodidad parece casi contracultural, pero es precisamente allí donde ocurre el crecimiento real.

La incomodidad revela, incomoda, confronta, en cambio la comodidad adormece.

Volver a esta ciudad, alejada de mis rutinas conocidas, me llevó a ver con claridad mis zonas ciegas y también algo más importante: mi capacidad de adaptarme, incluso cuando mi mente insiste en decir que no puedo.

No se trata de Barcelona, ni de la familia, ni de la maleta, se trata de reconocer que la vida no necesita que la dominemos, sino que la habitemos.

La presencia supera al control.

La flexibilidad supera a la rigidez.

La incomodidad supera a la ilusión de estabilidad.

A veces, olvidarme un poco de mi misma es la única forma de verme con más claridad.

Volver aquí me recordó que crecer no siempre es elevarse.

A veces es rendirse.

A veces es escuchar.

A veces es dejar que la vida marque el ritmo y simplemente caminar al compás.

La mejor versión de uno mismo no aparece en los momentos de orden perfecto, sino en los días caóticos donde uno se descubre actuando diferente a lo que solía ser.

Y en mi caso, ese descubrimiento empezó con 10 kilos.

Estoy hoy más que convencida que en medio de ruido, si sabemos escuchar-nos, siempre hay una voz que termina ganando; la voz de la disciplina.

Y la manera como mejor yo he descubierto que en la incomodidad creces, es cuando voy a correr y muchas veces no tengo ganas, entonces si no me digo a mi misma "Sophie ponte los tenis y sal ya....!" sucede lo siguiente:

Las cobijas jalan, queriendo que me quede 5 minuticos más..."

El cuerpo negocia, la posibilidad de hoy descansar.

La ventana me advierte que afuera está congelado.

La piel presiente que ese frio va a doler.

La mente propone que mañana corra el doble.

La pereza pregunta: ¿Para qué sufrir?...

La comodidad concluye, que estás mejor aquí y que no tienes que hacer esto.

Y al final de todo no pasa mucho, mejor dicho no pasa nada.

¿Qué parte de ti está evitando incomodarse… y a qué versión tuya le estás negando la entrada por miedo al caos?