Crónica de una maratón
Ufff… han pasado algunos días desde que corrí la Maratón de Cali y todavía sigo procesando lo vivido.
Estoy en mi rutina y de repente llegan flashbacks.
Un olor.
Una canción.
Un tramo del recorrido.
Una sensación en las piernas y vuelvo ahí.
Porque hay algo profundamente valiente en pararse en una línea de salida sin tener nada asegurado, excepto la decisión de ir a buscarlo.
Y esta fue una de esas carreras, de salir a darlo todo porque la maratón es así: exigente, impredecible y brutalmente honesta, te pide carácter desde el primer paso.

La maratón es mucho más que correr
Primero quiero decir algo que cada vez confirmo más:
La maratón es mucho más que la prueba física, de hecho, creo que la maratón engancha porque te pone en tu lugar contigo mismo.
Es uno de los pocos espacios donde no puedes mentirte porque te devuelve exactamente el esfuerzo que le pusiste, ni más, ni menos y por eso transforma.
Porque no solo fortalece piernas o pulmones; fortalece el alma y te da estructura, disciplina y norte.

La maraton no solo cambia tu cuerpo, cambia como te ves a ti mismo y te enseña a sostenerte cuando nadie puede correr por ti.
Lo que amo de correr, es que te pone delante de ti mismo, sin demasiadas excusas; no puedes delegar el km 8, no puedes pedirle a otro que sufra por ti, no puedes hacer como que no pasa nada cuando las piernas ya van por libre.
Solo puedes ajustar, respirar, seguir y confiar.
Cali vibró diferente
Fueron tres días deportivos espectaculares. ¡Un evento con sello mundial!
La expo, la logística, la organización, el timing, la energía de la gente… todo se sintió demasiado cuidado.
El clima fue perfecto para mí, al inicio cayeron unas pequeñas gotas que refrescaron el ambiente y luego el sol apareció justo a tiempo.
Pero lo más poderoso fue la gente, pues en cada esquina habían aplausos, música, gritos, vida y cuando corres una maratón entiendes algo muy rápido:
La energía también corre.

¿Qué significó para mi esta carrera?
Esta vez elegí correr diferente; con intención, con gratitud y con el corazón puesto en Dios.
Porque correr para mí, también es una forma de volver a Dios, volver a mí y volver a lo esencial.
Cada paso cargaba algo más profundo que un tiempo o una marca.
Había una oración silenciosa detrás del esfuerzo, una conversación interna, una entrega.
Porque a veces no corres solo para llegar a una meta, corres para recordar quién te sostiene mientras atraviesas el proceso.
Y amo eso del running porque me obliga a callar el ego, a soltar, a creer, a seguir incluso cuando la mente empieza a negociar.

Yo sabía que esta carrera no era solo deportiva.
Había preguntas más profundas acompañándome durante todo el proceso:
¿Qué tanto estoy viviendo lo que digo? ¿Estoy siendo íntegra conmigo misma?
Porque sí, hay cosas en mi vida que hoy funcionan, pero también hay otras que no...(sobre esto hablaré en otro Blog.)
Y quería escucharme ahí, en el caos, sin máscaras, sin excusas.
Race Day!
La noche anterior siempre trae ansiedad así que procuré dormir temprano, después de dejar todo listo.
Mi cuerpo decidió despertarse a las 2 a.m. para mirar por la ventana y revisar si estaba lloviendo y si ya había movimiento en la calle pues la maratón pasaba literalmente por ahí, pero todo seguía tranquilo, así que volví a dormir...
A las 3 a.m. sonó la alarma y ahí entendí que había llegado el momentooo.
Había nervios, claro, pero también mucha certeza.

Km 1: aprender a frenar
Arranqué sin música, con solo el ruido de la ciudad despertando, las comparsas, la respiración y toda la energía colectiva moviéndose al mismo tiempo.
Y algo que me hizo feliz fue no dejarme llevar por la euforia de los primeros kilómetros porque al inicio las piernas quieren comerse el mundo.
Pero voy a contarte un secreto, una maratón no se gana acelerando temprano, se gana administrando. ¡Y así lo ejercí los primeros 20 km!

Km 21: la energía humana sí existe
En la media maratón apareció mi support team. ¡wow!
No sé cómo explicarlo, pero ver personas esperándote cambia todo, te recarga emocionalmente de una manera absurda.
Esa energía no hay gel, Gatorade o banano que la reemplace. ¡GRACIAS!
Ahí recordé algo muy importante:
ningún ser humano llega lejos completamente solo y las carreras son una excusa perfecta para volver a creer en los humanos.

Km 24: empezó la verdadera carrera
Hasta el 23 me sentía increíble, controlada, fuerte, incluso ilusionada con lograr un sub 4.
Pero en el kilómetro 24 algo cambió, la chispa bajó, el cuerpo empezó a pedir cuentas...
Y entendí rápidamente que ya no se trataba de correr rápido, se trataba de sostener.
De administrar energía, tensión, dolor, mente.
¡Ahí empezó la maratón de verdad!

Mi rodilla izquierda me comenzó a doler y tuve miedo, entonces bajé el ritmo, respiré y le pedí a Dios que me permitiera seguir disfrutando.
Paré unos segundos, estiré y volví al asfalto para darle atención a mi dolor y gestionarlo.
Así que improvisé soluciones sobre la marcha, ajusté apoyos, cargué más la otra pierna… y poco a poco el dolor empezó a desaparecer.
Eso también es correr, resolver en movimiento.
Km 38: el corazón corre también
En el km 38 estaba mi papá, obvio me dio mucha alegría y energía verlo, solo me faltaba ese empuje para los últimos km.
Entonces le di unos besos rápidos, él tomó unas fotos y le dije:
“ya casi papi, en la meta nos vemos.” y me sonrió.
Por cierto, él siempre ha sido mi ejemplo e inspiración, recuerdo verlo participar en el ciclismo y en el running desde que éramos niños.
¡Te amo pa!

Ya en el 39 apareció mi tía intentando darme un banano faltando dos kilómetros y me dio mucha risa porque yo solo podía pensar en una cerveza helada esperándome al final, no en algo ostigante.
Y curiosamente ahí el cuerpo entró en flow, ese estado donde ya no corres solo con las piernas, corres con una fuerza sobre natural que no puedo explicar.
Porque ya no hay gasolina en el tanque, sino algo invisible que te sostiene y empuja.
Lo que la maratón me enseñó
Yo ya sabía que podía terminarla, pues ya había hecho antes una y además me habia entrenado para esto.
Lo que me daba mariposas era saber cómo sería el viaje.
Y creo que ahí está la magia de todo reto importante: no controlas completamente la experiencia.
Solo eliges atravesarla y así sucedió:
Durante varios tramos me encontré con mujeres que llevaban un pace parecido al mío y compartir incluso silenciosamente esa lucha fue hermoso.
Porque correr también me está enseñando esto para la vida: cuando compartimos el peso, todo se vuelve más ligero.

La maratón empieza donde termina el ego
Hubo momentos donde mi objetivo de tiempo se escapaba y eso dolía, ver el pace caer me resultaba frustrante.
Pero también es necesario porque ahí entiendes que hay algo más importante que el cronómetro:
tu capacidad de sostenerte cuando las cosas no salen como lo planeaste.

Hubo un instante, cuando mi pierna empezó a doler que pensé: “Si no termino, tampoco pasa mucho.”
Pero cuando logras callar el ego y escuchar algo más profundo que el dolor físico, entiendes que corres por algo mucho más grande.
De repente algo se despierta dentro de ti, algo que te sostiene y ahí ocurre la magia.
Cuando todo termina
Cruzar la meta fue extraño, por un lado: felicidad absoluta por haber conquistado mi mente y lograr un PR, pero por el otro: nostalgia.
Como cuando terminas un viaje hermoso y no sabes cómo volver a la normalidad.
Porque después de una maratón, algo cambia. ¡Para Siempre!

El caos también acomoda
En la maratón, como en la vida, el caos hace su magia.
Cuando las cosas dejan de salir como esperabas aparecen el miedo, la frustración y la incertidumbre.
Pero también aparece la verdad porque el caos pone las cosas en su sitio y te recuerda de qué estás hecho, te obliga a volver a lo esencial.
Hoy creo más que nunca en esto:
Los límites son muchísimo más mentales de lo que creemos.
Primero hay que creérselo, después viene el trabajo, la paciencia, la pasión y la disciplina.

Hoy me compruebo a mí misma que puedo construir cualquier cosa que decida sostener y que no hay nada más valioso que un cuerpo sano y una mente fuerte.
¡Gracias Dios por esta experiencia de vida tan brutal, deseo que todo el mundo pueda experimentar algún día esto!
Me encantó ver a mis amigos, familiares y desconocidos cumplir sus metas, me encantó ver a una ciudad alineada en una misma visión.
Porque la maratón es la distancia reina, donde el rival a vencer eres tú mismo, aunque suene cliché, así es.
Mi nuevo mantra:
“Sophie, vivir no es suficiente. Tienes que sentir que estás viviendo.”
Y tal vez por eso corro.
Porque el running no cambia tus problemas, pero sí cambia la manera en la que los enfrentas, nos vemos en el asfalto.

Entonces te pregunto:
¿Cuál es tu próximo reto?
¿Vamos a correr?
