Hay momentos en los que la vida cambia en cuestión de segundos.

Ese día tembló Colombia y con ella, también temblaron muchas de nuestras certezas.

Ese día no estaba sola, estaba con mi familia y los bebés que están de vacaciones y a pesar del miedo, logramos salir exitosamente.

Después vino lo difícil; ver la ciudad en caos.

Edificios destruidos, familias buscando a los suyos, personas que perdieron sus casas, sus hogares, su sensación de seguridad.

Luego volver a casa y entender que ya no puedes vivir ahí porque ya no es seguro. ¡Es una sensación muy extraña!

Tengo miedo, estoy triste, siento impotencia, cansancio, alivio y orgullo.

Tengo ganas de abrazar, de llorar, de rezar y también siento una gratitud inmensa:

Por los míos, por las llamadas y los mensajes, por poder escribirle a alguien y saber que me va a contestar.

¡Por estar aquí!

Y quizás lo más difícil es sostener esa gratitud mientras pienso en quienes están viviendo los peores días de sus vidas.

Porque mientras yo intento entender cómo reorganizar mi vida, hay personas buscando a alguien que aman.

Mientras yo pienso dónde voy a vivir, hay familias que perdieron su hogar.

Mientras yo puedo llamar a los míos, alguien está esperando una llamada que quizás nunca llegará y eso duele.

Pero también me recuerda algo que solemos olvidar cuando todo parece normal:

Nada está garantizado:

La casa.
La rutina.
Los planes.
Las personas.
La sensación de seguridad.

Todo puede cambiar.

Por eso hoy no quiero esconder mis emociones detrás de la frase “soy fuerte”.

Sí, sé que soy fuerte, sé que soy afortunada, sé que la vida continúa y que poco a poco vamos a reconstruir.

Pero ser fuerte también significa poder decir:

Esto me dolió.
Esto me dio miedo.
Esto me agotó.
Esto me conmovió.

No quiero anestesiarme frente al dolor de los demás, pero tampoco quiero olvidar que yo también necesito procesar lo que viví.

Hoy mi corazón está arrugado.

Por mi ciudad y mi país, por quienes perdieron tanto, por quienes todavía buscan, por quienes están reconstruyendo, por quienes ya no pueden volver a casa.

Y en medio de todo este caos, tengo la certeza de algo que elijo recordar y tatuarme en mi corazón:

Todavía podemos abrazarnos.

Todavía podemos apoyarnos.

Todavía podemos llamarnos.

Todavía podemos rezar.

Todavía podemos estar presentes.

¡Todavía nos tenemos!

Y quizás, en momentos como este, eso sea una de las cosas más valiosas que tenemos.