Cambiar de mirada
Hacía tiempo que no venía a sala...
A entrenarme.
A servir.
A compartir con otros humanos.
Y este fin de semana recordé por qué amo estos espacios, por qué es importante entrenarme todos los días y en lugares así de brutales:
llenos de presencia, energía, conciencia, amor y mucha incertidumbre.

Ese estado me llevó directo a un recuerdo; el viaje a España y todo lo que crecí gracias a haber salido de mi zona de confort.
Durante ese viaje dejé de ocuparme de mí como solía hacerlo normalmente y por primera vez, no fui el centro de mi propia atención.
Me enfoqué en servir y en ese “olvidarme de mí” pasó algo inesperado:
disfruté, aprendí, me caí, lloré…pero sobre todo reí y fui niña.
Los niños me enseñaron a ser más que a parecer, el gato la bondad sin medida y la vida cotidiana me enseñó a adaptarme a los imprevistos, a aceptar lo que es, sin tanto drama ni show.
Convivir en dinámica familiar 24/7, habitar un espacio común, adaptarme al frío, a los cambios de temperatura, al frío extremo, todo fue una manera distinta de habitarme, que nunca me imaginé experimentar.

Al principio lo tomé como una experiencia más, que me exigía adaptarme a una familia, con sus horarios, normas y dinámicas establecidas
Pero adaptarse no siempre es cómodo porque ya no era a mi manera, en mi zona, ni en automático.
¡Y ahí empezó lo interesante!, porque cuando sales de tu zona de confort no es que te transformes mágicamente:
Te ves tal cual con todas tus sombras y a veces eso incomoda más que cualquier circunstancia externa.
No era el lugar, era el observador
En algún punto entendí algo que después cobraría todavía más sentido; no estaba viviendo una experiencia distinta, estaba observándome distinto dentro de ella.
Durante mucho tiempo vivimos creyendo que solo existe una versión posible de nosotros mismos:
“La que soy”,
“La que siempre fui”,
“La que toca”.
Pero cuando el observador cambia, esa idea se resquebraja y el automático se rompe.
Entonces aparecen las preguntas incómodas:
¿Y si no soy tan fija como pensaba?
¿A qué versión mía sigo siendo fiel solo por costumbre?
El entrenamiento como integración
El entrenamiento no me mostró nada completamente nuevo, me ayudó a hacer consciente lo que ya había vivido.
Pude ponerle palabras a sensaciones, pude ver con claridad patrones, pude entender que no había cambiado mi vida porque sí, sino porque había cambiado desde dónde la estaba mirando.
Cuando cambio el observador, cambian las posibilidades, no porque el mundo se vuelva mágico, sino porque dejo de elegir siempre desde el mismo lugar interno.

Integrar, no escapar
No volví iluminada, volví responsable, entendí que estas experiencias no sirven para escapar de la vida cotidiana, sino para vivirla con más presencia y conciencia.
La incomodidad no era un error, era una invitación.
El servir de manera incondicional no me quitó libertad, me mostró otra forma de estar en el mundo, donde el entrenamiento no fue un punto final, sino un punto de integración.

y ahora te pregunto:
¿Y si el cambio no es irte más lejos, sino observarte distinto donde ya estás?
A veces no hace falta cambiar de vida, hace falta cambiar de mirada.

